Retahíla


‘No somos nada’ dicen los mayores cuando alguien cambia la casa por la caja. Y la verdad es que va de una letra.

Yo no sé muy bien a qué vendrá el aforismo, será porque te mueres en un suspiro. Y toda vida queda en nada. Del que se va no sabemos, pero del que se queda un saquito de recuerdos, y sus recuerdos, que el que se muere se lleva los suyos. No logras conocer a nadie, que ni a tu padre conoces en una vida. Y no sé si es triste o alegre eso de no conocer de verdad a nadie. Triste porque quiere decir que ocultamos más de lo debido; motivaciones, miedos, inseguridades… vete tú a saber. Alegre porque siempre nos quedará algo por descubrir del otro, ése que estando tan cerca puede estar tan lejos.

Mis padres se hacen mayores y me eso me está permitiendo conocerlos un poco mejor. A golpe de vida. También de debilidad, supongo. ¡Queda tanto por descubrir de la gente que nos rodea! He tenido que llevar al viejo al hospital, y allí en la puerta de urgencias, mientras cuentas tu vida y una señorita te mira como si fueras tonto o pretendieras engañarla, ya ves tú, como si lo que te ha llevado a arrastrarte hasta urgencias a la una de la mañana fuera una coña marinera. Bueno, que ella sabrá… pues allí, en la puerta de urgencias, mi viejo hizo dos afirmaciones, que no revelaré aquí por respeto a sus cosas, que me dejaron helado. No sé explicarlo bien, pero de repente te das cuenta de que incluso aquellos que tienes más cerca tienen habitaciones cerradas. Yo sólo dije, anda calla, calla… no sé si porque soy malo para esas cosas o porque me pillo a contrapié o porque me gusta observar esos momentos, mirarlos de cerca y guardarlos. Lo que sea… magia, muros que caen, nuevos ojos para mirar.

Ahora, recuerdo el día que mi madre se cayó al suelo cuando se levantaba de la cama. Al levantarse calculó mal, se resbaló y se cayó, pegándose un buen golpe contra la mesilla. Yo que estaba soñado con el sexo de los ángeles en la habitación de al lado, oí el golpe y me levanté a ver qué pasaba… pues eso, que se había caído. Recuerdo que lo primero que me dijo fue ¿no te habrás asustado? Aquel día, encargándome de procurar los cuidados necesarios mi madre, ya sabes; hielo, el desayuno y unos besos, que nunca vienen mal, me di cuenta de que la mujer que tuvo los santos cojones de dar a luz un mochuelo de cuatro kilos no le echa leche al café, sino que le echa café a la leche hasta que ésta adquiere el color deseado. Del mismo modo, al preguntarle cuánto tiempo calentaba la leche, no me contestó con una medida de tiempo sino con una de cantidad… mi madre no le pone un minuto y medio al microondas, le da tres veces al botón. Cosas que yo no sabía y que si no fuera por su ojo morado me hubiera costado averiguar, por lo menos un tiempo.

No sé cómo he llegado hasta aquí, porque yo tenía pensado escribir hoy sobre animales salvajes y una muchacha que tiene pecas marrón claro que pasan sobre su nariz de un pómulo a otro. Como si el cielo hubiera vertido unas cuantas estrellas sobre su rostro. Ya sabes, una muchacha de piel pálida, con ojos que cambian de color, desde el amarillo de las abejas y su miel hasta el azul intenso del océano. Una mujer que habla sin mover la boca y su sonrisa es amplia y blanca. Un ángel que no tiene cabello, porque tiene el cielo a su espalda y un universo sale de su mente…

Que cuides de tu gente y que ellos cuiden de ti… ¿hay algo más importante? No sé.

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