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15 diciembre, 2010

Lívida, intensamente pálida


Mi actriz porno favorita se llama Stoya. Bueno, mejor dicho, se la conoce como Stoya, que ni apellido burdo usa, no como otras de su sector. No es mi favorita, como podéis comprender, por sus dotes interpretativas, que también, lo es por su piel, tiene una piel extremadamente pálida. Blanca en el sentido más estricto del adjetivo. En su caso el adjetivo es epíteto. Sí, como aquél de la blanca nieve. Muchos piensan que los epítetos son inútiles pero en realidad son poéticos, no se trata de que la nieve sea blanca sino de ‘la nieve con su blancura’. Stoya es como la blanca nieve. Pero cuando hablamos de pieles, este tipo de ‘blanco’ también es cálido y suave, especialmente suave.

No sabría explicarlo, me sucede por norma general con las chicas con este tipo de piel. Me da la sensación de que son suaves, como un pompón, pero a los ojos no al tacto. Porque amigos, la piel, sea del color que sea, tiene por cualidad la suavidad y la calidez. En este caso es como acariciar con los ojos… no sé, es una extraña sensación y me resulta muy complicado de explicar. ¿Habéis visto, en las películas, cuando sale la chica con esa luz tamizada que parece neblina a su alrededor, como una pequeña capa de agua vaporizada a trasluz? Pues esa es la sensación que tengo cuando miro a una mujer intensamente pálida.

Bien es sabido que tengo las habilidades sociales algo atrofiadas, las merluzas son más duchas en este sentido. Pues bien, hace relativamente poco tiempo, me cruce en un autobús con una mujer con las características dérmicas arriba mencionadas, y claro, pues como tonto de baba me quedé mirando. Ella leía un libro, de la saga crepúsculo, que yo pensé: ya quisieran los diablitos esos tener la piel de esta chica y no la mierda de palidez enfermiza ésa que les ponen. Porque para hacerse una idea de la piel blanca con la que aquí tratamos hay que pensar en rosa y no en gris verdoso como en la saga ésa de los vampiritos. Pues bien, estaba yo pensando en pompones azules y rosas, en piel de bebé hecha persona mayor, mirando a la chica, que ni fea ni guapa era, cuando levantó la vista del libro y me encontró allí, con mi cara de cacahuete tostado… no sé qué pensaría la pobre, pero lo cierto es que cerró el libro se levantó y se bajó del bus. Que ya ves tú, con lo fea que es la piel de los autobuses.

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